Pero lo primero es lo primero: la noticia. Esta semana, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ahondaba en el famoso tema de la inmersión lingüística, y volvió a avivar las llamas del problema catalán que se había comenzado a olvidar con el paso de los meses después del momento de crisis por el que pasó con la apuesta secesionista del presidente de la Generalitat Artur Mas. La sentencia en particular daba la razón a un padre que pedía educación en español para sus hijos, pero dictaminaba que, si un alumno quería ese tipo de educación, toda su clase debería ser educada en español.
Dicha decisión fue criticada por la consejería de Educación de la Generalitat, y supuso un golpe fuerte al polémico plan educativo que desde 2010 se ha lanzado desde Cataluña. La inmersión lingüística ha ido recibiendo palos por parte de diversos tribunales que han criticado este extremo y han instado al gobierno de la comunidad a cesar en ese tipo de actuación.
Pocos días después de que la sentencia se conociera, tres diputados de ERC en el Congreso de los Diputados, entre los que estaban el líder del grupo parlamentario, Alfred Bosch, y Joan Tardà, fueron expulsados del hemiciclo por el presidente del Congreso, Jesús Posada, tras hablar en catalán en su turno de palabra. Todos ellos mostraron su disconformidad con lo que se había producido, pues significa, según ellos, un abuso.
Lo cierto es que, en estos momentos, las reinvidicaciones lingüísticas están al orden del día. El hecho de que muchos nacionalismos justifiquen su postura hablando del "hecho diferencial", esto es, la lengua, algo que sociológicamente se propone como respuesta a los problemas. Acerca del uso de las lenguas vernáculas en sede parlamentaria, hubo una agria polémica cuando el gobierno socialista propuso una inversión en traductores simultáneos en el Senado. Un senador del PP, extremeño, realizó un alegato en contra defendiendo su derecho a hablar extremeño.
Yo particularmente no entiendo por qué en España nos hemos empeñado en convertir las lenguas cooficiales en un problema, y no hemos sido capaces de verlo como lo que realmente es, un medio para enriquecer nuestra cultura como país. Y ahí está el origen de todas las confrontaciones. Los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos utilizan sus lenguas propias para diferenciarse y mostrarse en confrontación con el resto de España. Éste es un problema, porque ellos mismos tienden a su propio aislamiento, sobre todo cuando el uso de esa lengua es por cuestiones políticas.
Además, en los últimos años, especialmente con el aumento del nacionalismo en las regiones españolas más sensibles, se ha puesto en práctica un modelo que habría de revisarse, como es la inmersión lingüística, que prima el aprendizaje de la lengua propia de cada comunidad, marginando el castellano y provocando que algunos padres tengan que tomar medidas parecidas a la que ha provocado la sentencia del TSJC. Los alumnos de esas regiones deben tener la posibilidad de aprovechar la riqueza de aprender dos lenguas, y sobre eso no debería haber duda.
Sin embargo, desde los órganos del Estado, se ha promovido una cierta caza a la lengua vernácula, precisamente por ser un elemento diferenciador. Cuando en 2010 el Constitucional falló por fin sobre el Estatut de Cataluña, quiso regular la aplicación de las lenguas. Ante esto, hubo enormes problemas, manifestaciones y un sentimiento de profunda indignación porque el Estado quisiera regular un aspecto de la vida privada como éste.
Lo cierto es que en este asunto hay que ponerles deberes a las dos partes. A las comunidades autónomas, que no utilicen las lenguas propias como un arma arrojadiza ni política, y que negocien con el Estado los planes lingüísticos para evitar la discriminación.
Al Estado, que de una vez reforme la Constitución para que la educación sea materia exclusiva de Ley Orgánica, que no contribuya al odio a las regiones con ese tipo de riqueza cultural por el mero hecho de ser diferentes, y que trabaje por un entendimiento de las partes, y para que de una vez entendamos esto como una fortaleza cultural que nos debe enorgullecer a todos como país.
Los ciudadanos también tenemos que trabajar en esto, enfocándonos en la concordia y en la solidaridad, e intentando rehacer puentes. La lucha antinacionalista ha provocado que sobre todo muchos jóvenes hayan desarrollado un peligroso odio por algunas partes de nuestro país. Contra eso también hay que luchar, siendo un país plural y plurinacional.
El nacionalismo es nuestra forma de incesto, es nuestra idolatría, es nuestra locura. El "patriotismo" es su culto
Erich Fromm
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